La Hungría del 50’, mentor del fútbol total

El Barcelona de Guardiola fue sin dudas el último mejor equipo del mundo, y hasta se codea con otros grandes conjuntos por el mote de mejor equipo de la historia. Sus “competidores”, entre otros, son el Barcelona de Cruyff, la Naranja Mecánica y el Ajax de Rinus Michels, equipos que, a través de conexiones diversas, han implantado en Pep la semilla del “fútbol total” que plantó Michels en Holanda en la década del 70’. Sin embargo, el camino del que para muchos es el mejor fútbol, comenzó muchos antes y tiene un claro pionero: la Selección de Hungría de 1954.

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El viejo y el barro

Una de las imágenes más populares a las que hacemos mención cuando queremos hacer referencia a ese fútbol barrial, genuino y libre de codicia, también conocido como “potrero”, es la de un niño o adolescente con una pelota un poco vieja y rajada, ropa de entrecasa o camiseta trucha y botines viejos. Y barro. O tierra en su defecto. Pero barro, de arriba a abajo. Un barro que nos transmite dos cosas. Primero, sabemos que la cantidad de barro en el cuerpo del niño es proporcional a la diversión que tuvo ese día, y segundo, que esa misma cantidad de barro también es proporcional al grito que le pegará la madre seguido de un “¿dónde te metiste”?

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El coso y el fútbol

Al tipo lo trajeron de no sé dónde. Bah, “el tipo”, el coso ese raro, extraterrestre podría ser, marciano no sé, porque no sé si es de Marte, pero de algún otro lado es, el loco no sabe nada. De los humanos no tiene conocimiento, menos de lo que hacen. No sabe qué son los edificios, ni las casas, ni los autos, las calles, empresas, bancos, Internet, el agua, la comida, la ropa, las computadoras, no sabe nada. Es como si hoy un bebé pudiera expresarse, no entendería nada.

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¿El fanatismo es un problema?

El fanatismo no es un problema por sí solo. Aquellos que son fanáticos a lo que es bueno no tienen ningún defecto, el tema es a qué se es fanático. Si soy fanático de un equipo de fútbol, está perfecto, aunque no creo que seamos fanáticos de Boca, de River, o demás, sino que somos fanáticos a lo que estos generan. Porque los colores no los elegimos, si no que nos los imponen, o si los elegimos, lo hacemos sin saber de qué se trata.

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Fila para entrar al Edén

No, para ir a ver un partido de Wimbledon no hay que bajarse en la estación Wimbledon de la District Line del metro de Londres, sino en Southfields, porque queda más cerca. Una vez fuera de la estación, los carteles que hacen referencia al torneo de tenis más viejo del mundo empiezan a invadir la vista. Dominan los colores violeta y verde, los típicos de ese Grand Slam, y el círculo con las dos raquetas cruzadas que identifica al torneo. Es imposible evitar leer “The Queue” (la fila) acompañado de una flecha que señala el campamento donde se juntan, duermen, comen y esperan los que quieran conseguir una entrada de la manera convencional. 

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