Fútbol a la distancia

El fútbol, eje central en mi vida y en muchas de mis relaciones, pasó a cumplir otro rol cuando me mudé a Inglaterra y pasé a ver los partidos de madrugrada y sin compañía. Pero créanme que, gracias a eso, me siento muchas veces un poco más cerca de casa.

Aunque tengo personas que se quejan mucho de esto, y a veces con razón, mi vida gira en torno al fútbol.

Tal vez ahora, que las obligaciones del mundo laboral me apremian, el termómetro de compromiso con los eventos masivos ha bajado un poco más, pero desde mi adolescencia hasta que terminé la universidad, mi cerebro estaba hecho a gajos.

Si bien he tenido algún que otro episodio de tristeza injustificable del que me arrepiento, siempre me consideré un hincha bueno. Nada de mal juego, nada de odio al rival, nada de sumarme a cantos xenófobos u homófobos que lamentablemente se escuchan en las tribunas argentinas.

El fútbol ha sido, tanto del lado de espectador como de protagonista, un lazo muy grande entre mis amigos y mi viejo. Con mis amigos jugábamos todos los días, nos juntábamos a ver fútbol muy seguido, hablábamos de fútbol en cada sobremesa. No nos hubiésemos abrazado tanto ni hubiésemos visto lágrimas ajenas si no fuese por fútbol. Y lo mismo con mi viejo. El fútbol era, en nuestro caso, la excusa perfecta para unirnos.

¿Pero qué pasa con esa cotidianeidad futbolera cuando la distancia se pone en el medio? Dicen que las relaciones a distancia son difíciles, ¿pero cómo sería esta en particular?

Partamos de la base de que es uno es hincha de un equipo por sí mismo, no hace falta complicidad de nadie más para sentir algo por tus colores. Pero muy poco tendría sentido si la pasión no se comparte. Ya sea por el fútbol o por cualquier otra cosa. El sentido de pertenenecia es natural del ser humano. El compartir una actividad, una idea, un sentimiento o hasta a veces cosas materiales ayuda a unir, arma lazos. Qué iba a pasar cuando me mudara a otro continente…

Había dos opciones. La primera era que dejara de ver tanto fútbol, porque hacerlo sólo perdería todo su sentido, se sentiría vacio, se sentiría totalmente inútil gritar un gol solo o abrazar al aire en un festejo. La segunda opción, en cambio, era todo lo contrario, que la distancia agigantara la necesidad de compartir un sentimiento con tu gente que, por circunstancias de la vida, está a un océano de distancia.

Creo que sabemos cuál fue el caso.

Viví el Mundial de Brasil 2014 en Inglaterra, mientras estaba de intercambio. Ya hablé en algún que otro post de este blog sobre cómo el estar lejos me hizo querer un poco más a mis costumbres, a mi gente, a mi cultura. Y en esas se envuelve el fútbol. Alentar a mi Selección estando en otro país y en momentos tan épicos como puede ser un Mundial pasó no a ser algo que disfrutaba sino algo que salía de dentro de mí.

El hecho de saber que esos eran mis colores y que, a pesar de estar pisando suelo ajeno mi corazón estaba paseando por 9 de Julio para poder ir a celebrar victorias al Obelisco, era lo que me hacía sentir un poquito más cerca de lo mío.

He vivido otros torneos de Argentina y varias victorias y derrotas de River estando en el extranjero.

Por el cambio de horario, muchos de los partidos suelen ser, como mínimo, a las 12 de la noche, y algunos han llegado a comenzar a las 3 de la mañana. ¿Quién me mandaba a mí a esperar hasta tan tarde para ver un partido? ¿Qué iba a cambiar si no veía alguno? ¿Quién se iba a enterar?

Yo me iba a enterar.

Todas las santas noches yo estaba firme. No importaba si estaba cansado, si había que trabajar al otro día, si tenía que levantarme temprano, si no podía hacer ruido en la casa donde vivía con un italiano, una belga y un pakistaní. No importaba nada, yo tenía que estar ahí.

Y no estaba solo, para nada. Lo lindo de todo esto, y la ilógica razón de por qué continuo siguiendo a mi equipo es porque sé que del otro lado del mundo hay alguien haciendo lo mismo.

La única razón por la que me pongo contento cuando ganamos es porque sé que, en el mismo sillón de siempre, ese medio verde con almohadones decorados con pelos de gato, mi viejo está sonriendo.

La única razón por la que espero con ansias un partido importante es porque sé que, en algún departamento de La Plata, mis amigos se están pintando los labios con espuma de cerveza para esperar el silbatazo incial y que, en alguna que otra ocasión, en vez de dos vasos habrían servido tres.

No hace falta preguntarles si están por mirar el partido. No. Eso ya se sabe, se da por sentado. Se siente.

Sería yo un traicionero si fallo a alguna cita en frente del televisor. Sería yo el raro si me pierdo un partido. Sería yo, de hecho, el maleducado, porque me invitaron a ver el partido y no fui. Invitación tácita, claro está, pero invitación al fin.

Y cada vez que juego un partido, sea en la calle, en el parque o en una cancha de césped sintético, pienso en que, en alguna cancha de asfalto con vista al mar y redes rotas, están los mismos de siempre atándose los cordones para poder empezar el partido. Cada vez que siento que juego mal, los veo a ellos ahí alentándome, dándome ánimo. Y cada vez que juego bien, me lamento por no haber sido a otro compañero a quien le di ese pase gol, o a quien miré a la cara para decirle “Dale, que 5 goles no son nada, remontamos fácil”.

A la distancia, hay que hacerse más fuerte que nunca. A la distancia es cuando esas cosas que parecen no tener sentido se vuelve el combustible del que llenarse una y otra vez. A la distancia es cuando esos momentos imaginarios nos dan un poco más de vida y crean esos puentes largos, de kilómetros, que cruzan océanos.

Y ahí, por encima del puente, de Argentina a Inglaterra, va rodando, lenta y con clase, una pelota de fútbol.

Un comentario en “Fútbol a la distancia

  1. La soledad no es estar lejos sino la incapacidad de encontrar la forma de acortar la distancia. En tu caso el puente imaginario esta cocido con el tiento de una pelota de trapo y cada sentimiento se transforma en accion cuando rueda donde se de el parrido. Muy lindo tu relato y me hace recordar amigos y familia que no estan en este mundo real pero están en nuestro corazon con la misma energia positiva. Saludos Ignacio

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s