Unos mates con la reina Isabel

Cómo el hecho de mudarme de mi país me hizo quererlo todavía más y cómo el mate pasó de ser nadie a ser el compañero más fiel en mis aventuras.

No era mucho de tomar mate hasta que me fui de mi país. No estoy hablando de mi última mudanza definitiva, no, sino de un mini intercambio de 2 semanas que hice cuando tenía 17 años.

Y así, sólo con esa frase, se pueden dar cuenta de cómo uno se aferra a lo suyo cuando se rodea por lo desconocido. Como lo propio empieza a salir a flote cuando navegamos mares ajenos. Si bien es verdad que no he llegado a tomarme unos mates con la reina (ni está en mis planes), sí lo he hecho, entre otros lugares, al frente de su humilde palacio.

Rebobinemos.

El Nacho de 15 o 16 años no era mucho de tomar mate. No me gustaba. Amargo. No entendía por qué a la gente le gustaba, y lo mismo me pasaba con la cerveza. Y ya sabemos cómo terminaron las relaciones con ambas bebidas…

Si alguien hacía y había un verde en la ronda, me sumaba. Si era con azúcar, mejor, aunque hoy eso para mí es una aberración. Nunca salía de mi boca el típico “¿quién lleva el mate?” ni pensaba que un viaje largo de ruta estaba arruinado por la ausencia de la compañía matera.

Tomando mate a orillas del Támesis, con el London Eye de fondo.

La primera vez que pisé suelo europeo, e inglés, fue en 2013. Un intercambio de dos semanas con mi instituto de inglés, como si fuese el viaje de egresados. Era mi primera vez en un ambiente internacional, conociendo personas de otros países y entablando relaciones que consistían de encuentros diarios. “Where are you from?” era de las primeras preguntas que alguien cruzaba con un desconocido. Y en ese contexto es cuando el hecho de decir de qué país sos te da un poco de cosa. Cosa de la buena, creo yo, un “no sé qué”. Soy de acá, tengo esta bandera, hablo este idioma, este es mi baile, esta mi comida, esta mi cultura. Y con la misma emoción que uno relataba lo suyo también escuchaba lo que el otro tenía para decirle, porque así se aprendía sobre otras culturas, porque así se forjaban lazos.

En cada lugar turístico que visitábamos, nos sacábamos una foto con la bandera argentina, para tener de recuerdo. Big Ben, London Eye, Buckingham Palace. Y en algún día de esos, cuando habremos estado en el comedor del colegio, uno de mis compañeros de viaje apareció con unos naipes españoles, un mate y un termo bajo el brazo. Nunca había sentido tantas ganas de tomar un amargo como esa vez mientras cantaba “quiero retruco” y me vestía con miradas desconocidas llenas de incertidumbre. “¿Qué hacen estos tipos? ¿A qué juegan? Y eso verde, ¿es droga?”.

No lo digo de orgulloso, que de eso los argentinos tenemos fama, sino que sentirse por un momento el centro de atención por algo que para mí era cotidiano lleva consigo una sensación que nunca antes había sentido. Y lo mismo al revés: yo me volvía loco viendo a los ingleses saludarse con la mano o a los japoneses comer con los palitos.

Y desde ahí me empezó a gustar el mate.

Un año más tarde volví a Inglaterra. Era otro intercambio, pero de seis meses. Una de las diferencias con la experiencia anterior era que, esta vez, en mi equipaje llevaba un termo, un mate y un paquete de yerba.

En ese medio año, tomé mate una sola vez. No tomaba solo, ni me lo llevaba a viajes. Todavía no había acarreado esa costumbre. Pero sí recuerdo una vez que nos juntamos con un grupo de latinos, quienes terminarían siendo las personas más cercanas en ese viaje, y se me ocurrió llevarles mate para probar.

Me miraban con cara rara, y más rara aún su cara cuando lo probaron “Horrible”, me dijeron. No los culpo, si yo tuve la misma reacción cuando lo probé por primera vez. Y además, yo no era tan matero que digamos. Pero otra vez me había florecido esa obligación de mostrar mis colores en terreno visitante.

Quiero hacer una aclaración antes de seguir. Me gusta mi país, amo mi tierra, mi gente, mis costumbres y mi cultura. Pero también hay cosas que no me gustan, y el nacionalismo y patriotismo ciego son algo que no celebro y que me gustaría que no existiera. Creo que así se lleva al odio sin sentido, al racismo, y a todas las otras terminadas es ismo que no le hacen bien a la humanidad. Hecha la aclaración, continuemos…

Asado, mate y guitarra en pleno verano londinense.

Luego de ese viaje, el mate se unió a mi vida. Dicen que en la etapa universitaria es cuando uno se hace compañero de Matienzo, y lo comprobé por cuenta propia. Mientras estudiaba o hacía trabajos, él estaba ahí. En salidas con amigos, en el parque, en un viaje de vuelta a casa, en una tarde de lectura. Hice mi inversión, me compré un buen bate, un lindo term y una bombilla de calidad. Y desde ahí, comenzó una relación fuerte.

Fueron 4 años en los que, si tenía una o dos horas en las que sabía que tenía que hacer una actividad, sea estudio, lectura, charla o viaje, el mate tenía que estar. ¿Qué sentido tenía si no? Y si faltaba el mate el agún momento de esos, nada era lo mismo. Es decir, pasé de un extremo al otro en un lapso de seis meses, y todo por haberme ido al extranjero.

Llegó el gran viaje. Febrero de 2019. Valija y pasaporte listo para irme a vivir a Londres por tiempo indefinido.

Y ahora sí, no por motivaciones externas sino por motus propio, me llevé todo el equipo matero.

Hace más de dos años que estoy en Inglaterra, y la relación con el mate no sigue siendo la misma, sino que se ha hecho más fuerte. Y la razón se asemeja a la del viaje anterior: las ganas que siento de que lo mío sea aun más mío, de que lo propio sea aún más propio, de mostrarme aún más genuino de lo que soy, cosa que de por sí es imposible, pero las ganas están.

A donde voy llevo mate. Le comento a la gente qué es, se los hago probar ya sin expectativas porque sé que lo odiarán, les explico qué es, intento que les entre en la cabeza que lo más importante no es el líquido ese que sale de un tubo de temal, sino lo que representa, la reunión, la unión, el compañerismo, la calidez. Intento e intento, pero es difícil. Pero no importa si no lo entienden, para nada. Al contrario, me hace sentir más especial, más yo.

¿Y por qué será que se da este fenómeno? Lo que ocurre con el mate también sucede con otras cosas. Me di cuenta que, desde que me mudé, estoy escuchando un poco más de música argentina, cosa que antes no hacía. Me di cuenta también que cada vez que pruebo una milanesa, una empanada o una asado, tienen mejor sabor que todos los que comí en mi vida. Pero no mejor sabor a las papilas gustativas, sino al corazón.

Argentina me parece ahora el país más bonito del mundo. Su gente me parece ahora la más calida y amigable del mundo. Sus costumbres me parecen ahora las más bonitas que pueden haber. Su comida es sin dudas la más rica del planeta. Y así como a lo lejos resaltan las cosas buenas, también resaltan las malas, pero no arruinemos esta linda historia…

Y el mate es el símbolo de unión y pertenencia más bonito del mundo.

Al estar lejos, uno busca lo conocido. La mayoría de las personas con las que me relaciono estando en Inglaterra son latinas. Cada vez que me encuentro con un argentino veo un compañero. Cuando veo un local de comida argentina o una pareja bailando tango, me siento en casa. El hecho de estar rodeado de algo totalmente distinto, aunque ese algo distinto no sea necesariamente malo, es reconfortante.

Eso no quiere decir que una cosa sea mejor que la otra, ni que uno la esté pasando mal o quiera volverse, simplemente uno se ablanda y se permite ciertas dosis de familiaridad que le dan un poco de energía para poder seguir siendo uno mismo. El sentido de pertenencia en el ser humano es vital, y hay gente que lo tiene con un equipo de fútbol, con una persona, con un grupo de amigos, con un club de lectura o con un país. O con todas esas juntas.

Desde que me fui de mi país aprendí a quererlo un poco más, a ver desde lejos lo bueno y lo malo que tiene. Como la frase, “uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, así, tal cual. Yo a mi país no lo perdí, para nada, simplemente lo dejé físicamente, pero lo llevo conmigo a todos lados, y lo valoro cada vez más.

El hecho de poder sentirte parte de algo a pesar de que absolutamente nadie de los que tengas alrededor sea también parte de ese algo da un poco de tranquilidad. Puedo estar rodeado de ingleses, keniatas e italianos pero igual tener mi mate y sentirme en mi mundo.

Y así como a mí me pasa con eso, a vos te puede pasar con algo distinto. Tal vez un café te haga sentir cómodo, o cierta música te transporte a tu tierra. Hay gente a la que vestir cierta ropa le da una sensación de confort o pertenencia. Y está perfecto.

Cada uno se siente como se siente y está bien. Tal vez a alguien le cueste un poco más de trabajo encontrar esa cosa que le da calidez, y eso también está bien. Pero seguro algo hay.

Cuando uno se va lejos, se vuelve aún más de eso que es. Yo, desde que me fui, soy más argentino.

Ahora los dejo, me voy a calentar el agua y a preparar el mate que me voy a pasear por el río Támesis.

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