Por qué me fui (o por qué me vine)

Es la pregunta que más me hacen, a la que siempre respondo igual. Pero, ¿cuál es la respuesta verdadera? Intengo desgranarla en este texto, pero se resume en las ganas de salir a vivir.

Es sin lugar a dudas la pregunta que me más me han repetido cuando hablo de mi experiencia como inmigrante.

Entiendo el porqué, la verdad. Saber la razón principal por la que decidí irme a vivir a otro continente es de importancia si queremos entender una situación general de mi vida antes, durante y después de mi mudanza.

El hecho de que me la hayan preguntado tantas veces trae consigo dos aristas.

La primera, es que ya sé mi respuesta y siempre digo lo mismo. Automáticamente cuando alguien me suelta un “Nacho, contame, ¿cómo fue que tomaste la decis…”. Ahí mi cerebro deja de escuchar y empieza a buscar en su archivo la respuesta más usada normalmente, como cuando tu teléfono celular te sugiere qué palabra escribir en base a lo que has escrito en textos o respuestas similares. No está mal decir lo mismo, porque en parte significa que no miento y que mantengo siempre una misma versión, así que este punto no tiene nada de negativo más que el aburrimiento rutinario personal que me genera.

La segunda consecuencia de lo repetitivo de la pregunta es que no me la cuestiono nunca. Repito como loro y no me paro a pensar realmente si lo que contesto es la verdad profunda. Por eso ahora quiero hacer el ejercicio en texto.

Primero la gran aclaración que nunca puede faltar: no me fui de Argentina, sino que me vine a Inglaterra. Pensarás que es obvio, pero no lo es tanto. ¿Por qué digo esto? Porque quiero dejar en claro mi posición de privilegiado y mi odio hacia el odio a un país. Para dejar en claro, nunca me faltó nada en Argentina y no me fui por necesidades económicas, ni por falta de trabajo, ni por problemas familiares, ni por problemas personales. Y también me parece bueno aclararlo en una época en la que, como todas las anteriores, se marcan cifras récords en emigrantes argentinos que se van dispersando por el mapamundi que se traducen automáticamente en ganas de irse de ese país maldito en el que nada se puede y todo cuesta el doble.

No digo que Argentina sea fácil, sólo aclaro que a mí nunca me faltó nada y lo que me impulsó no fue el dejar de vivir mi vida sino el probar cómo sería otra distinta.

Mi yo antes de venirme

Corría marzo de 2018, yo ya había terminado de estudiar periodismo deportivo y había comenzado a estudiar relaciones internacionales porque “pensaba que me iba a servir de algo”. Me gustaban los países, los idiomas y la historia, ¿tal vez habrá sido eso? A la par hacía alemán e italiano, y un curso express de bartender y otro de barista.

La decisión de hacer un cambio en mi vida la tomé en Samaná, República Dominicana. Estábamos de viaje con toda mi familia y el pensamiento se me cruzó durante un atardecer, tirado en una reposera y gozando de felicidad pura. Estábamos en un all inclusive, comíamos y bailábamos todo el día. Vestíamos siempre una sonrisa y reinaba el buen humor. Típico paquete vacacional que venden por televentas.

Esa semana de vacaciones que me tomé me ayudó a dejar de engañarme, me hizo darme cuenta de que no me gusta estudiar. Suena a vago, lo sé, y lo puede ser. Me encanta aprender, saber, conocer, experimentar, visitar. Veo documentales y películas, leo libros, escucho podcasts, viajo y aprendo de los lugares, me intereso. Pero realmente cuando me siento a estudiar para rendir un examen debe ser de los momentos de mi vida cuando más dudas existenciales se me pasan por la cabeza.

Jugando al metegol en Samaná. En casa me esperaban los libros…

Imagínenme a mí, con todo esto que les cuento, empezando una carrera que duraría al menos cuatro años, sentado en una reposera en una playa caribeña. No quería saber nada con volver a estudiar. Quería vivir así, relajado, feliz y de buen humor. Sabía y sé que era imposible, pero al menos lo usé como excusa para autoconvencerme de que al menos tenía claro qué cosa no quería hacer por los próximos cuatro años. Ahora tocaba saber qué cosa sí quería hacer.

Volví de esas vacaciones. Fui dos semanas más a clases de la universidad. Me gustaba ir, aprendía mucho y disfrutaba. Comencé a estudiar para el primer examen. Leía, entendía, subrayaba y resumía. Pero no quería hacerlo. Días antes del primer examen, llamé a mis padres para decirles que dejaba la universidad. Me preguntaron por qué, lógico, pero no qué quería hacer en vez de eso. ¿Será que confiaban ciegamente en mí? ¿Será que sabían de algún modo que mi destino era fuera de Argentina? Según ellos, siempre apunté al exterior, a volar a otros pagos. No sé de dónde lo sacaron, pero tenían razón.

Una vez que dejé la universidad, comenzó la hora de diagramar la nueva hoja de ruta.

Por qué Londres

Tranquilo, Nacho, a no apurarse. Primero hay que responder por qué emigrar.

Siempre quise sacarme las ganas de cómo sería vivir afuera. Y no asociaba directamente la palabra “afuera” con una realidad superior a la que estaba viviendo en ese momento, sino con una realidad distinta. Cambiar de continente, de país, de ciudad e incluso de barrio trae consigo cambios. De idioma, de cultura, de horarios, de costumbres, de pensamiento. Y quería probarlo, quería experimentarlo, quería darle de comer a mi mente. Quería crecer como ser humano.

Voy a ser sincero, tenía todas las de ganar: no tenía pareja ni hijos que me obligaran a quedarme, había terminado la carrera, mis padres me apoyaban tanto moral como económicamente para comenzar, sabía idiomas, sabía ser independiente. Es por estas cosas que cuando me dicen que soy valiente por haberme venido acá se me escapa una sonrisa.

Decidí quedarme en Buenos Aires, ciudad en la que estaba estudiando, hasta mitades de 2018. Así podía estudiar un poco más los idiomas que estaba aprendiendo y rendir sus respectivos exámenes internacionales, terminar los cursos de baristas y bartender y, acá va la razón egoísta y para muchos loca, para poder ver el Mundial de Rusia con mis amigos. Mejor no recordar.

¿Destinos posibles? Alguna ciudad de España, por el idioma, y Londres, porque conocía y también por el inglés. No me llamaba el ir a Italia, o a otro país donde se hablara otro idioma, por lo menos para empezar. Pero realmente ganó Londres porque elegí con el corazón. ¿A qué voy? Londres me fascina, la amo.

Conocía la ciudad porque había estado en un intercambio en Brighton, ciudad costera de Inglaterra, en 2014 (podés escuchar el podcast sobre esa experiencia acá), y solía visitar Londres al menos una vez al mes.

Sé que es muy difícil a veces explicar por qué nos gusta algo. Simplemente a veces sucede que miramos algo o a alguien y nos pasa algo dentro, como que los mares se tranquilizan y todo se vuelve paz, y hay algo que nos dice que sí, que esa es la persona o que ese es el lugar.

Londres me gusta visualmente. Camino emboboado por las calles admirando las construcciones, sintiéndome dentro de una película, imaginando la historia pasar por mi lado. Tengo algo serio con los ladrillos de las casas. Son perfectamente bonitos. Los cruces de zebra para peatones le agregan un toque inglés a las calles, los taxis negros se pasean para recordarte dónde estás, las banderas flamean para decorar alguna fachadas y el tráfico al revés te da un golpe de realidad y te hace, para mejor o para peor, darte realmente cuenta de que sos sapo de otro pozo.

Recuerdo que en el último año de colegio nos hicieron escribir una carta a nosotros mismos, para abrir 10 años después. Tengo que abrir la mía en 2023, pero recuerdo bien qué cosas escribí. Entre ellas, deseaba poder estar viviendo en Inglaterra. No quería decepcionar al yo del pasado, así que también vine un poco por esa débil pero convincente razón.

A todo esto se le sumaba el idioma, yo hablaba inglés antes de venir.

Luego se pospuso varias veces, pero en ese momento, el Brexit, es decir la salida del Reino Unido de la Unión Europea, se iba a concretar en algún punto de 2019. En junio de 2018 me confirman que, luego de casi dos años de papelerío y malentendidos, me aprobaron la ciudadanía italiana. No creo en las señales del destino, pero realmente no sé qué nombre ponerle a esto.

Valija, pasaportes, investigaciones previas, despedidas, charlas, auto, viaje, taxi, Ezeiza, avión arriba, avión abajo y Londres.

Qué vine a buscar

No sé. Realmente, no lo sé.

No sabía en qué zona quería vivir, no sabía de qué quería trabajar, no sabía cuánto tiempo quería quedarme, no sabía con qué gente quería relacionarme.

Y hasta hoy muchas de esas incógnitas siguen en pie.

Estudié periodismo, así que conseguir trabajo de eso podía parecer una prioridad, pero no lo era.

Me gustaba mucho el típico barrio londinense, así que vivir en uno de esos podía parecer una prioridad, pero no la era.

Hice mucho esfuerzo para poder vivir acá, así que tal vez el quedarme mucho tiempo podía parecer una prioridad, pero no la era.

Me gusta la cultura inglesa, así que tal vez relacionarme con locales podía parecer una prioridad, pero no la era.

Mi prioridad era, es y será estar bien.

Vine a vivir en el barrio donde me sintiera cómodo. Vine a trabajar de lo que sea mientras me resultara satisfactorio. Vine a relacionarme con ingleses, chinos, mexicanos o keniatas mientras me sintiera bien.

Tanto es así que en mi primer trabajo duré un mes, en mi segundo trabajo renuncié y luego volví, tuve trabajos a los que fui dos veces, creé trabajos para mí mismo.

Tanto es así que me mudé un total de 7 veces en 2 años.

Tanto es así que no tomo el té de las 5 ni ceno a las 6 de la tarde.

Tanto es así que tengo amigos latinos, europeos y locales.

No sabía físicamente a qué vine. Pero sí tenía muy claro que venía a pasarla bien, a crecer, a mejorar. Sí tenía claro que venía a ver el mundo, a llenarme de experiencias para poder enriquecer mi mente, mi forma de pensar, mi forma de ver las cosas, mi conocimiento

Siempre tuve muy claro que el día que me levantara de la cama y sintiera ganas de volver, lo haría. ¿Qué sentido tiene estar a 15000 kilómetros de casa si no la estoy pasando bien? El hecho de estar por tu cuenta en un país opuesto al tuyo tiene que traer consigo bienestar. Ojo, eso no quiere decir que no hay que esforzarse, sobrepasar obstáculos y, hasta incluso a veces, sufrir un poco. Extrañar, pensar que todo fue en vano y creer que el tiempo pasado fue mejor son pensamientos válidos por los que hay que pasar. Ese es el proceso de inmigración que te hace crecer.

Vine sin saber qué buscaba pero he encontrado muchas cosas.

Si hubiese hecho una lista de los objetivos económicos o de vivienda con los que venía, hoy no estarían cumplidos. Me hubiese llevado decepciones. Aclaro, no porque no existan posibilidades acá en Londres, sino por mera responsabilidad propia.

En cambio, no tenía claro qué venía a hacer yo como persona, y me terminé llevando experiencias que nunca jamás imaginé en mi vida que iba a vivir. Conocí gente maravillosa, ablandé un poco mis sentimientos, crecí un poco más de golpe y llené mi mente y mi cuerpo de nueva data. Sí, es así, me siento más lleno, más completo.

Creo que lo mejor fue no venir con muchos objetivos, sino con uno claro y que debe mantenerse siempre. Ese objetivo es el de estar siempre predispuesto. Estar predispuesto a crecer, a conocer, a charlar, a entender, a visitar, a dejarse llevar, a experimentar. Estar dispuesto a vivir.

Salgan, vayan, recorran y conozcan. ¿No saben a qué van? No importa, vayan a ir, que algo va a surgir, de algo va a servir. ¿O acaso ustedes nacieron con un objetivo en la vida? No, y acá están, viviéndola.

Se los dice un tipo que vino a Londres sin ideas claras y acá está. Feliz, viviendo en Londres, aún sin tener ideas claras. Pero feliz y viviendo en Londres. ¿Qué tal?

2 comentarios en “Por qué me fui (o por qué me vine)

  1. ¡Nachito!
    ¡Que lindo lo que contas!
    Yo lo dejé todo. ¡Quemé las naves! Ya no hay vuelta atrás.
    Originalmente, venía a fines de julio por dos semanas. Una para el festival de Wacken, en Alemania y otra para seguir recorriendo y conociendo.
    Pero pasando la segunda mitad del 2019 decidí que ya no iba a volver y comencé a planificar o tratar de ordenar algo.
    Tenía pasaje a España y una combinación vía Bélgica para llegar a Hamburgo
    El virus nos modificó planes a todos.
    De fines de julio se trasladó a fines de noviembre y con sufrimiento. Ya que no habilitaron los vuelos de mi aerolínea hasta un par de semanas antes de la partida.
    Casualmente, el día después de mi cumpleaños 46.
    Con todo este caos mundial yo necesitaba salir. Volar.
    ¿A dónde? Ya casi no me importaba.
    ¿Miedos? Muchos
    Dije: Ok, me quedo un mes en Madrid y veo como esta todo por allá.
    Me encontré con mucha libertad en la ciudad, y me fui quedando.
    ¿Excusas? ¡Uf! Está todo cerrado, Es mas caro, Hace mucho tiempo que no hablo alemán, etc.
    Pero no importa. Llegue a estas tierras que amo. Y algo hay que hacer. Algo va a salir
    A los pocos días de estar en Madrid, Youtube me recomienda un video tuyo.
    Y me hiciste reír mucho. Transmitís una paz y unas emociones maravillosas

    Te felicito
    Mereces llegar muy lejos.

    Un abrazo patagónico desde Madrid

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  2. Nacho,

    Te conocí gracias al algoritmo de YouTube, pero ahora estoy muy contenta al ver esta entrada en tu blog. Hay algo especial en leer la página personal de alguien por sobre las redes sociales.

    Me gusta mucho la idea que planteas sobre principalmente estar y sentirse bien. Creo que esa es la base que nos predispone y libera para que nos pasen cosas. Nos lleva a vivir la mayor cantidad de experiencias posibles. Tengo unas ganas tremendas de conocer otras ciudades, otras personas; y en el camino, encontrar mi lugar en el mundo.

    Te mando un saludo desde Rosario, pero pronto espero poder escribirte desde Europa. ¡Gracias a nuestras nonnas italianas por tanto!

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