El día que me colé a la final de la Copa Libertadores gracias a un quitaesmalte

Les traigo el relato de cómo me colé en la final de la Libertadores 2015 entre River y Tigres, cómo un quitaesmaltes fue nuestra principal herramienta, cómo perdí a un amigo y cómo nos reencontramos a las 2 de la mañana en plena Buenos Aires.

Quitaesmalte. Eso es lo que nos permitió entrar a la final de la Copa Libertadores sin entrada.

Les traigo el relato de cómo me colé en la final de la Libertadores 2015 entre River y Tigres, cómo un tipo como yo desafió sus morales e hizo lo “incorrecto”, cómo perdí a un amigo y cómo nos reencontramos a las 2 de la mañana en plena Buenos Aires.

Contexto rápido: River estaba volviendo a ser River. Veníamos de ascender, ganar un torneo local y ganar la Copa Sudamericana, final que presencié en la popular con dos amigos más, luego de conseguir entradas peleándoos con el sistema de venta online. Nosotros, que andábamos en nuestros 20 años, estábamos volviendo a vivir eso que nos habían contando, esas épocas gloriosas donde lo raro era no ganar un título, cosa que habíamos vivido pero simplemente desde la cuna.

2015 fue mi primer año viviendo en Buenos Aires. Iba siempre a la cancha, y esa copa no fue la excepción. Vi los 3 partidos de local, incluyendo el último ante San José, donde estábamos más pendientes de un partido en Perú que lo que pasaba frente a nuestros ojos y que terminó con una clasificación realmente sacada de un libro de ficción. Tigres, equipo que nos dio el pase, se lamentaría más adelante. A todos esos partidos los vi desde la popular Sívori.

Al partido de octavos contra Boca fui con un amigo, lo vimos en la popular Centenario. La derrota con Cruzerio y la victoria ante Guaraní las vi en la Sívori. Y llegaba el momento de sacar la entrada para la final.

River tenía un sistema de venta online. Las personas que tenían abono tenían prioridad para sacar entradas, y luego los demás socios colapsaban por unos minutos los servidores de Internet para pelearse por el puñado de tickets que quedaban.

No pudimos.

No conseguimos entrada para la final. Luego de haber ido a todos los partidos de la copa y del torneo, luego de haber sufrido meses horrendos en la B y de haber viajado para ver tanto el ascenso como el descenso. Luego de todo eso, nos quedábamos sin la chance de poder presenciar lo que certificaba nuestro renacimiento.

“Bueno, mala suerte, ya está”, nos decíamos. Ya estábamos pensando en qué casa lo íbamos a er, qué ibamos a comer, qué ibamos a tomar. Pero unas semanas antes del partido, todo cambió.

Un compañero de mi facu, Ari, gallina hasta la médula, me hizo dar un click. “No nos podemos quedar afuera, después de todo lo que vivimos, todo lo que hicimos, no nos lo merecemos. Aparte, ¿cuántas entradas le dieron a la barra, o cuántas hay por protocolo? Ellos no se lo merecen, nosotros sí”. Desde ahí, comenzamos a idear el plan.

No sé cómo me vi convencido, ni tampoco sé cómo intenté convencer a otro amigo, ni cómo lo convencí. Yo siempre fui en contra de lo que creo que está mal, pero aquí realmente no veía mal alguno. Pagaba mi cuota, intenté pagar mi entrada, fui a todos los partidos. Y ver a la barra cada día pasar controles mientras rebalsan ilegalidad no hacía más que darme toda la razón.

Eso sí, prometimos no generar disturbios, no agredir fisicamente a nadie, no forzar demasiado la situación. Si se daba, se daba, así como quien no quiere la cosa.

Sabíamos que, antes de llegar a los molinetes del estadio, había vallados. Ahí controlaban, unas dos o tres veces, si teníamos entrada. Y a veces también verificaban, con un dispositivo electrónico, que la entrada fuera real. ¿Cómo hacíamos para pasar ese primer y gran obstáculo?

“Tigres”.

Habíamos jugado contra Tigres en la fase de grupos, y la final era contra Tigres. Si bien no era para el mismo partido, teníamos una entrada que decía River vs Tigres. Y había que aprovecharla.

Nos puismos a averiguar cómo era la entrada de la final. Al costado derecho de todas las entradas, había dos letras grandes, como un código, y obviamente las de las dos entradas no coincidían. “Tapamos esa parte con un dedo mientras mostramos la entrada”, pensamos. Solucionado.

Pero había otra cosa: la entrada de la fase de grupos decía “River vs Tigres (México)” y la de la final decía sólo “River vs Tigres”. No la podíamos tapar con la mano, porque ya estaríamos tapando demasiado. Estuvimos varios días pensando qué hacer, hasta que un día, Ari llegó a la facu con nuevas noticias.

“Quitaesmalte, pasale quitaesmalte y se borra”.

Llegué a casa, agarré un frasquito que alguna vez había dejado mi vieja en el baño y le pasé el pincelito con tanta precisión como si estuviese operando a corazón abierto. Se borró. Quedó perfecta. Teníamos nuestra “entrada”.

Me encontré con mis dos amigos dos horas antes del partido. Queríamos ir con tiempo para poder buscar algún bar para verlo por si no podíamos entrar. Estábamos en Lugones. Subimos al piente y encaramos para el primer control con nuestra entrada en mano.

Sabíamos que era muy, pero muy difícil. ¿Cuántos querrán hacer lo mismo? ¿Qué chances hay de que salga bien? “Si lo pasan por la maquinita, estamos muertos”, pensábamos. Teníamos todas las de perder. Pero si ganábamos, ganábamos mucho.

Yo no soy un tipo de hacer cosas malas. Y a la mínima que hago algo así, me pongo nervioso, me siento culpable. Pero en esta ocasión estaba más entusiasmado que nervioso. Estaba haciendo lo que debía, estaba yendo al lugar que tenía que ir. Si existe Dios, él había predestinado que yo a esa hora y ese día tenía que estar en el Monumental, no quedaba otra.

Llegamos al primer control. Fila. Estaban mirando las entradas muy detenidamente. Había unas 10 personas delante nuestro. Luego queaban 9, luego 8. Nos habíamos puesto en filas separadas. Si miraban la entrada, perdíamos la partida.

De la nada, empujones.

Desde atrás, comenzaron a empujar, a gritar, a moverse, a armar lío. Los controladores no podían sostener las vallas, empujar a la gente y gritar a la vez. La fuerza de la masa les pudo y debieron bajar la guardia. Miraban las entradas de reojo y dejaban pasar a cualquiera.

Recuerdo ver a alguien mostrar una SUBE y pasar.

Estábamos en Udaondo, de frente a la tribuna Belgrano. Ya era de noche. Quedaban dos controles, uno manual y luego el molinete. La cantidad de gente era menos que en el control anterior, porque iban descartando a las personas como nosotros pero con menos suerte. Eso quería decir que ahora sí controlaban con más detalle. Y la verdad es que quedaba el molinete. Nosotros podíamos tener nuestra viveza, pero hackers no éramos.

Las esperanzas empezaban a irse de a poco. No queríamos ni siquiera arriesgar. El miedo y el impulso por hacer lo correcto que siempre he tenido y que había dejado de lado para esta ocasión, estaban volviendo a mi cuerpo en el momento más crítico de la noche. “Creo que voy a ir buscando un barcito para verlo, ya está”, dijo mi amigo. No exagero si digo que estuvimos a un pelín de irnos.

Qué suerte que nos quedamos.

Comezanos a escuchar gritos. Miramos para todo lado y lo vimos. Así como si fuese un milagro hecho a propósito para nosotros. Gente corriendo. Corriendo en dirección a una de las entradas del estadio, la tribuna Belgrano alta. Caían vallas y el personal de seguridad se rendía. Nos sumamos. ¿Qué iba a pasar con los molinetes? Nos dimos cuenta que no teníamos que preocuparnos por eso, porque cuando llegamos, ya no estaban, habían sido derribados por la masa. Pasamos caminando por al lado de los guardias y por encima de los molinetes.

Había mucha gente, pero muchísima. Íbamos subiendo las escaleras intentado llegar rápido vaya uno a saber por qué, si faltaba para que empezara el partido y a esa altura ya nadie nos iba a sacar. Luego de pisar el último escalón, alzo la vista. El Monumental rebalsado me recibía de brazos abiertos. “Acá es donde tenés que estar”, me decía. La platea explotaba de gente. Una sola vez había visto el Monumental así, y fue en el partido por la promoción, el partido del descenso. Y vaya paradoja, ambos partidos los vi en la misma tribuna. El de la caída histórica y el de la gloria máxima.

Miro a mi alrededor para abrazarme con mis amigos y festejar nuestro triunfo personal.

No estaban.

Los había perdido completamente, no los encontraba. Vaya uno a saber si se habían perdido en las escaleras, en los molinetes, al llegar. Vaya uno a saber si los habían agarrado y se habían tenido que volver. “No importa”, me dije. Sabía que ellos estaban adentro, lo sentía. No es lo mismo ir a la cancha sólo que ir con el grupo de siempre. Se siente otra cosa, otra energía, y esa energía la sentía yo. No sabía dónde, pero sabía que ellos también estaban ahí.

Mi visión estaba bastante reducida. Estaba de pie en una platea de asientos donde nadie los usaba para el fin que fueron creados. Todo delante mío pasaba como si fuese una película, como filmado con cámaras. Parecía que yo no estaba ahí, sino que vivía todo en cámara lenta.

Comenzó la final. Un gol, otro, otro. Canto va, canto viene. Creo que el partido fue lo que menos importó. Todo pasó tan rápido, me sentía flotando en el aire todo el tiempo. Estaba viviendo una utopía, estaba, literalmente, soñando despierto.

La lluvía llegó para ponerle el broche de oro a una de las noches futbolísticas más importantes de mi vida. Y para maquillar un pocos mis lágrimas. De alegría, de desahogo, de querer compartirlo con mis amigos, con mi viejo, con mi gente. Éramos campeones de América.

Salgo del estadio en caravana. La alegría hacía desaparecer el cansancio, el dolor, el frío, la lluvia, la ansiedad. No tenía batería en mi celular. Mi amigo no vivía en Buenos Aires y creía que no iba a saber llegar a casa. Me sabrá perdonar si le digo ahora que en el bondi de vuelta iba más eufórico por el triunfo que preocupado por su paradero. ¿Qué cosa mala le podía pasar, si había visto a River campeón de América?

Llego a casa a las 12 de la noche y pongo a cargar el celular. Mi amigo no contesta. Pongo las noticias, el resumen, los goles, los festejos. Me preparo algo de tomar.

Mi viejo me había escrito ni bien terminado el partido. Cuando vio que habían pasado tres horas y no le había contestado, me escribió preocupado. Le contesté con una foto mía adentro de la cancha. “¿Cómo hiciste para entrar?”, me contestó. Larga historia, pa…

A eso de las 2 de la mañana, suena el timbre. Era mi amigo. Bajo a abrirle y cuando lo veo desde el pasillo del edificio comenzamos a saltar y a cantar. “De la mano del Muñeco vamo’ a Japón”, resonaba. Él afuera, mojado, yo adentro, seco. Nos separaba una puerta de vidrio, pero seguíamos mirándonos y saltando y cantando. Le abro la puerta, nos damos un abrazo que habló más que todo este texto junto. Un abrazo de desahogo por todo lo sufrido, de reconciliación con nuestra historia, de alegría, de agradecimiento por lo vivido.

Subimos el ascensor gritando, saltando, desafiando a la inspección mensual de seguridad. Llegamos a casa y seguimos comiendo y tomando.

Nos miramos y no lo podíamos creer. Estamos esperando que alguien nos despertara.

Si hoy me preguntan, no volvería a hacerlo. Hay muchos riesgos y al final cabo no es una cosa correcta. Sé que hay miles de crímenes peores, pero la mentalidad de uno va cambiando. Me defiendo diciendo que fue la única maldad que he hecho en mi vida.

Al fin de cuentas, ¿qué tan grave puede ser lo que hicimos si sólo usamos quitaesmalte de uñas?

Un comentario en “El día que me colé a la final de la Copa Libertadores gracias a un quitaesmalte

  1. ¡Que locura hermosa! Soy Bostero y lo lei con una sonrisa en la cara. No pude evitar tirar una carcajada cuando mencionaste que un tipo pasó con la SUBE. Que hermoso es el futbol y no me imagino la sensacion de alcanzar la gloria maxima. Abrazo desde Buenos Aires, Nacho. Buen año.

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