Es lógico que el fútbol sea ilógico

¿Por qué nos ilusionamos por un deporte en el que el resultado más probable es la derrota? Sólo gana uno, y los demás siguen con la fe intacta. ¿Los matemáticos serán futboleros? Juro que este dilema es el que mantiene viva mi pasión.

A los matemáticos y científicos ¿les gusta el fútbol? Según mi teoría, no. Miren…

Es matemática pura. Dejando de lado las payadas que han hecho los dirigentes argentinos con su fútbol, una liga “normal” tiene 20 equipos. Y sólo uno es el campeón. Es decir, hay un 5% de que tu equipo salga campeón. Y peor aún la cosa en Mundiales, o en competiciones continentales, donde hay 38 participantes, y la chance se reduce a la mitad: 2,6% de posibilidades de que tu equipo levante la copa.

2,6% de posibilidades de que tu país gane la copa del Mundo.

2,6% de posibilidades de que tus jugadores terminen con la medalla dorada al cuello.

2,6% de posibilidades de que, luego de 4 años de espera, la bandera de tu nación sea la que más alto está en el podio.

2,6% de posibilidades. Muy poco. Ahora entiendo cuando dicen que el fútbol no tiene lógica…

Y ni hablar si a los mundiales les sumamos las eliminatorias. Mejor lo dejamos ahí, como para intentar al menos justificar un poco la pasión.

Un equipo promedio juega alrededor de 50 partidos al año. Puede ganar 49, perder uno, y no ser campeón. Y a pesar de todo eso, a pesar de haber sido victorioso en la inmensa mayoría de las ocasiones, nos ponemos tristes. Nos ponemos tristes si llegamos a la final más importante de nuestra historia y en ese sorteo azaroso del destino en el que las chances están repartidas en partes iguales, la moneda cae del otro lado y el ganador es nuestro oponente. Nos agarra un sinfín de intentos vanos de explicar lo sucedido cuando año tras año vemos cómo los nuestros no pueden levantar ese trofeo que también quieren levantar otros 19 equipos.

¿Por qué no usamos la lógica? “Usar”, digo, como si fuera elección propia, y claramente no lo es. El fútbol, como muchas otras cosas en la vida, nos hace creer que podemos. El fútbol nos da la ilusión de que cada vez que preparamos la camiseta con la bandera y nos unimos en frente de un televisor o en las tribunas del estadio, estamos aportando un granito de arena en el camino al éxito. Y por eso, y sólo por eso, cuando los resultados son adversos, se nos vacía el alma. Porque, si hicimos todo lo que teníamos que hacer, ¿cómo puede ser que hayamos perdido?

En las vísperas de cada torneo nuevo, nos invade la ilusión de poder salir campeones. Si somos un equipo grande, porque somos un equipo grande, y si somos un cuadrito chiquito, porque la ilusión es lo último que se pierde. Creo que los que suelen quedar a mitad de tabla la tienen más difícil, porque no tienen la grandeza de la que aferrarse ni el miedo contra el que combatir. Pero en fin, todos ven cada uno de los partidos anhelando que su equipo gane. Hagamos cuentas, entonces: si todos vemos los partidos de nuestro equipo esperando que gane, nuestro equipo debería salir campeón, ¿cierto? Pero no.

Y es ahí cuando me pongo a pensar si es culpa del fútbol o es culpa nuestra. Es ahí cuando me pongo a pensar si es la belleza del deporte o si es nuestra condición de ser humano lo que nos hace perseguir una ilusión en la que, sabemos, el resultado más probable es el fracaso y conseguir el éxito sería una excepción. Y creo que es una mezcla de ambas cosas.

El fútbol no sería nada sin los ciegos mentales que cada domingo asisten a sus rituales con la esperanza de que suceda lo imposible, y nosotros tampoco seríamos nada si no tuviésemos un espacio donde depositar nuestra fe más soluble. Creo en este punto, y sin ánimos de ofender, que es donde el fútbol y la religión encuentran su parecido. Ceremonias, cantos, fe y creencias en cosas que creemos profundamente, pero que nadie más que nosotros mismos nos puede asegurar.

Hay personas que admiten las derrotas y usan este proceso lógico, pero creo que esos no sienten de verdad. A mí, por más raciocinio que haya, si mi equipo pierde una final, se me desploma el corazón por un momento. Podré tener la consciencia más o menos tranquila dependiendo de las circustancias y los modos, pero el dolor en el pecho siemtre estará.

Pero también quiero pensar las cosas al revés. ¿Qué pasaría si el fútbol sí tuviese lógica? Si supiésemos, antes de cada torneo, entre qué dos o tres equipos va a estar el campeón, quiénes van a descender y quiénes van a transitar los monótonos caminos de la mitad de tabla. ¿Qué pasaría si los partidos ya vendrían con resultados? O qué pasaría, por ejemplo, si los campeones fuesen siempre los mismo y no hubiese lugar para los batacazos.

En ese caso, el fútbol dejaría de gustarnos.

Porque si ese fuese el caso, ¿qué sentido tendría cantarle al viento por nuestros colores y emocionarnos hasta la médula por un gol al minuto noventa? ¿Qué tendría de especial poder dar una vuelta olímpica luego de años de fútbol paupérrimo y golpes bajos? ¿Cuál sería la chispa única de recordar ese campeonato en el que fuimos la envidia de todos, por más que ahora transitemos las zonas bajas del fútbol?

Lo más bello de este deporte es creer que tenemos la capacidad de cambiar el destino con el mero hecho de sentir pasión. Lo único de este deporte es poder abrazarnos con desconocidos para celebrar un triunfo precoz que, creemos, lo generamos entre todos. Lo que hace al fútbol el deporte más lindo del mundo, es que absolutamente nada, por más grande que sea nuestra pasión, nos asegura un resultado.

El fútbol existe porque somos humanos, y somos humanos porque tenemos fútbol.

Y ahora los dejo, porque mi amigo matemático y mi tío científico me invitaron a ver el partido.

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