El viejo y el barro

Una de las imágenes más populares a las que hacemos mención cuando queremos hacer referencia a ese fútbol barrial, genuino y libre de codicia, también conocido como “potrero”, es la de un niño o adolescente con una pelota un poco vieja y rajada, ropa de entrecasa o camiseta trucha y botines viejos. Y barro. O tierra en su defecto. Pero barro, de arriba a abajo. Un barro que nos transmite dos cosas. Primero, sabemos que la cantidad de barro en el cuerpo del niño es proporcional a la diversión que tuvo ese día, y segundo, que esa misma cantidad de barro también es proporcional al grito que le pegará la madre seguido de un “¿dónde te metiste”?

Cuando nos volvemos más grandes, nos da cosa embarrarnos. O ensuciarnos del todo. No nos queremos sentar en el piso, nos sacamos la poca tierra que se acumula en nuestra ropa, cuidamos las prendas nuevas ante posibles rasguños, manchas o cortes. Nuestra preocupación por mantener el estado de nuestra ropa suele tener más prioridad que la satisfacción que podriámos obtener al dejar todo eso mismo de lado e inundarnos de diversión revestida en barro.

Eso me solía pasar a mí. Me sigue pasando, mejor dicho. Siempre que voy por un parque intento no pisar el barro. Si salgo con amigos y me invitan a hacer algo que envuelve ensuciarme, o ensuciar algo que luego tengo que limpiar, suelo decir primero que no. Por suerte, a veces lo pienso dos veces y digo que sí. Después me cago de risa y limpio todo sin quejarme, pero esos son pequeños signos de que la vejez me está llegando. Hasta hoy.

Es enero en Londres, el mes más frío del año. La aplicación del clima en mi celular marca 1 grado centígrado y niebla. Estamos en plena pandemia, cuarentena, no se puede ir a jugar partidos de fútbol, ni de tenis, ni de ajedrez. Tampoco se puede ir al gimnasio. Odio salir a correr y hace más de tres semanas que no transpiro ni una gota de esfuerzo físico. Y encima acaba de pasar Navidad y Año Nuevo, lo que suma unas 7.500 calorías por comida. Tengo que moverme.

Luego de varios minutos de meditación personal e inútil en la que voy buscando excusas para no salir a correr sabiendo aún que es lo que más me favorece, veo en mi habitación una pelota. Me la regalaron hace casi un año pero nunca la usé. Está limpita. Tiene el logo de la Eurocopa 2020, que debió ser cancelanda por el coronavirus. Está intacta porque siempre que iba a jugar partidos a canchitas de 5 había pelota, y raramente la llevaba a un parque para darle patadas en mi soledad. Tengo también unos botines rotos. Eran blancos, pero ahora tienen una capa de caucho y barro impregando que se viene formando desde que los compré, hace un año. La pelota, los botines y la ropa de entrecasa que en ese momento vestía me remontaron a la imagen que citaba al principio. Me fui al parque con la pelota solo. Pero no sabía que en el parque había barro.

Salí de casa con una sonrisa de oreja a oreja porque iba a jugar al fútbol. En el trayecto de 5 minutos a pie de casa al parque concluí que el fútbol es lo que más me motiva a hacer cualquier cosa en este mundo. Llegué al parque y tiré la pelota al suelo. Le di una patada como si intentara hacer una conversión de rugby. Fuerte, sin dirección, sin importar a donde fuera, con ganas, con alegría. El parque es lo suficientemente grande como para no preocuparse de poder pegarle a alguien al patear de esta forma azarosa. Igualmente estaba vacío.

La pelota empezó a rodar por el césped y yo a perseguirla como si fuera mi hijo que está corriendo solo camino a la calle. Hice dos pasos y la suela rota de mis botines sucios se hundío uno o dos centímetros en el barro. No me importó. Seguí corriendo, como si detrás mío me persiguiera el fin del mundo. Cada paso sonaba a mojado y en mi cabeza rezonaban los retos de mi vieja años atrás, cuando volvía embarrado hasta la pera. “Yo ya me lavo mi ropa, mamá, tranquila”, le contestaba al aire.

Iba en puntitas para no resbalarme, aunque me hubiese gustado resbalarme y embarrarme hasta la nuca, simplemente porque sí, para reírme de mí mismo. Le pegaba a la pelota, se iba más lejos, la iba a buscar, volvía a pegarle. La poca gente que iba llegando al parque me miraba. Encontré un aro de básquet y ensayé unos setenta tiros fallidos para embocarla con el pie desde lejos. Dibujaba arcos imaginarios con las ramas y pateaba tiros libres, como cuando era chico e imitaba a los jugadores. Hacía masaditas, con los pies y con la cabeza. Me cansaba y descansaba para volver a cansarme.

En un momento me senté en el suelo. Me manché el culo con barro. Mi marco visual comprendía mis botines rotos y la pelota manchada, el pantalón con salpicones marrones del barro y con el césped maltratado por la lluvia. Era como si el mundo hubiese parado de rodar y yo estuviese ahí, sin nada que hacer, como en mi infancia, en soledad pero en compañía de mi felicidad que llegó porque, por un momento, me sentí niño de nuevo. No me importó embarrarme, no me importó cansarme, no me importó correr sin sentido, no me importó imaginarme cosas, no me importó nada. Sólo me importó disfrutar de la compañía de la pelota y de ser el hombre más afortunado del mundo porque, en ese momento, estaba jugando al fútbol. Y encima embarrado.

2 comentarios en “El viejo y el barro

  1. ¡Hola Nacho! Me encanto el cuento, porque me hiciste reflexionar sobre lo lindo que es volver a pensar y sentir como niños. Donde lo que importa es ser feliz, nada más.
    Creo que deberíamos tomar conciencia de eso e intentar disfrutar más y pensar menos en cosas secundarias como por ejemplo, en este cuento de tu día: “ensuciarte la ropa”.
    Me encanta como de cada momento vivido buscas la magia. Al fin y al cabo la vida es solo la recopilación de experiencias vividas y de los momentos simples en donde somos felices. Parece una frase muy escuchada y lo es… pero ¿cuanta gente puede encontrar esa magia? ¿Realmente nos paramos a pensar y sentir si estamos en el camino correcto? ¿ si estamos siendo quien queremos ser? ¿ o por miedo a la mirada ajena, dejamos de hacer cosas que nos nutren y nos hacen sentir vivos? ¿Desde cuando ser adultos se convirtió en ser una persona aburrida?
    Creo que no deberíamos normalizar esas cosas y volver a nuestro niño interno. Escucharlo y dejarlo ser…
    En tiempos donde lo que prioriza es lo superficial, encontrar gente como vos da gusto!
    Saludos desde Mar del plata y gracias por todo lo que transmitis!

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  2. Hola nacho que tal ? Soy Bruno como vos soy Argentino y vivo en Inglaterra cerca de Londres, Te sigo por Instagram y por Youtube, te felicito por lo que haces y como vas creciendo día a día .
    Me atreví a ver tu blog en especial esta redacción y me gusto mucho, trata de un deporte que amamos casi todo el mundo, EL FUTBOL.
    Te dejo un abrazo grande ,

    Le gusta a 2 personas

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