9/12: Mientras todos celebraban yo estaba de luto

Soy de River, y muy futbolero. El 9 de diciembre de 2018 debería haber sido el día más feliz de mi vida. Sin embargo, fue uno de los más tristes. Ese día, gran parte de mi amor por el fútbol profesional dio un simbronazo hacia la decepción. No lo festejé, no me alegré. Me avergoncé. Y también le rompí el corazón a mi viejo.

No soy un gran fanático de los superclásicos. Durante el campeonato, para mí son un partido más. Valen 3 puntos como el resto y quedan muchos otros partidos que valen lo mismo y pueden llevarte a ganar un título. Desde que maduré futbolísticamente, nunca fui un anti-Boca, no le veía una razón a un odio no fundamentado. Cuando voy a la cancha, no canto las partes que atacan a Boca, porque para mí el fútbol no se trata de odiar al otro, sino de amar tus propios colores. Pero la final de la Libertadores 2018 tuvo algo distintivo.

Boca era un buen rival, eso siempre es algo digno de temer. Y dejando de lado mi no-odio hacia ese rival en particular, siempre tiene un toque de pimienta extra que se enfrenten River y Boca, los dos más grandes del país, en una final intercontinental, lo que fue la última a ida y vuelta. Era una final con todas las letras, digna de admirar para los neutrales y llena de alicientes para los parciales. Tenía muchas ganas.

Yo solía jugar al fútbol con mi viejo y sus amigos. Teníamos turno fijo en la canchita de 5, pero el día de la primera final yo no fui a jugar, por más de que el turno terminara antes de que comenzara el partido. No estaba nervioso, pero quería que mi cabeza estuviera puesta ahí, no quería pensar en otra cosa, me hubiese sentido culpable si hubiese puesto mis fuerzas mentales y físicas en otra tarea que no fuera esperar el partido. Ese día se canceló la primera final.

Vi la segunda final con mi viejo. Tranquilos, en el sillón de mi casa. Sabíamos que había dos partidos, que no todo se definía en la ida. Nos pusimos contentos con nuestros goles y nos fuimos con un sabor amargo porque sabíamos que podíamos haber obtenido algo más. Pero sólo restaba ganar en casa.

El día de la final final era un día que debió haber quedado plasmado en los libros de historia futbolera. Quedó plasmado, pero por tristes motivos. El Monumental estaba listo para recibir la final más importante de la historia. El rojo y el blanco por doquier, el sol de la tarde pintando el césped, la gente ansiosa y exaltada, pero no sólo por el partido en sí, sino tambíen por poder dejar el alma en cada grito y por poder mostrarle al mundo lo que era River, lo que era el Monumental. Y supongo que la gente de Boca estaba igual: el hecho de poder salir vicoriosos de semejante hecho, y encima en campo rival, era la carnada más grande posible.

Y llegaron las noticias. Unos tipos arruinaron el sueño de millones. 5 segundos de estupidez opacaron un año de trabajo y la alegría o tristeza eterna que seguirían al partido. Ya nada tenía sentido. “Así no se puede jugar” nos decíamos con mis amigos en el grupo de WhatsApp. Por más que fuéramos de River, no queríamos, no estaba bien, ya no era fútbol, era guerra. ¿De qué valía arruinar un partido de fútbol? Y si ganábamos, ¿cómo podríamos decir la palabra “gloria” sin referirnos a la ventaja que hubiésemos obtenido?

Cuando entre los jugadores y dirigentes empezaron a correr las mentiras, las amenazas, las exageraciones y hasta a veces falta de compañerismo, ya el alma se me hundió. La fiesta de hinchas genuinos como yo se estaba transformando en una pelea de tipos con saco y corbata. Estaban comiendo de nuestro banquete, nos estaban manoteando la ilusión. La sensación máxima que para nosotros era intangible, para ellos se podía tocar y venía en forma de billetes verdes. Luchábamos por cosas distintas. La única diferencia era que ellos estaban en el estadio, y nosotros viéndolo por una pantalla.

Como tuvo que ser, la cosa se suspendió. Y también al día siguiente. Y era lógico preguntarse cuándo iba a ser la final. Pero no era lógico preguntarse dónde. ¿Madrid? ¿Qué? “No están dadas las condiciones para jugar en Buenos Aires”. ¿Cómo? Chiste. Era un chiste, una toma de pelo. Si estaban las condiciones inicialmente, más aún las estaban para jugarlo nuevamente, sabiendo de antemano que había que duplicar o triplicar la seguridad. No me entraba en la cabeza cómo era posible que siquiera se analizara la posibilidad de ir a jugar el partido a OTRO CONTINENTE.

Y se confirmó. Madrid. El Bernabéu. Y desde ahí, ya nada tuvo sentido. La Copa Libertadores de América se iba a jugar fuera de América. La gente que vivía a la vuelta del Monumental no podía ir al partido que tal vez más esperaron en su vida. Sólo aquellos que podían costearse un pasaje y una entrada podían ir, y tambíen aquellos corruptos llamados barras. ¿Y nosotros? La fiesta del pueblo, lo más distintivo de la Copa Libertadores, iba a ser dejado de lado. El Monumental iba a apagar sus luces el día de la final, cuando debería haber estado encedido por el canto propio de sus ocupantes.

Llegó el día de la final. No me importaba quién ganara. Yo, el tipo más hincha posible, que lloré por el descenso, que me alegré por el ascenso, que beso el escudo antes de cada partido, que he hecho viajes de 3.000 kilómetros para ver a mi equipo. Y lo mismo mis amigos. No había vuelta que darle, la final no la estábamos jugando nosotros, era un juego de la CONMEBOL. No me importaba si ganábamos o si perdíamos, si total esa no era la final que yo estaba esperando, eso era otra cosa, eso era un producto de exportación, el mejor que tenemos, el más colorido y el más envididado, lo llevamos afuera y lo vendimos como producto de primera calidad.

Vi el partido con uno de mis amigos. Por circunstancias de la vida, yo estaba en Buenos Aires. Lo vimos en silencio, tomando mates, como así de fondo. No era tan importante, era como una tarde de domingo cualquiera cuando te sentás a merendar y dejás un partido X para que se vea algo verde en el televisor, haga ruido y cada tanto puedas ver los goles cuando los gritos locos del relator te notifiquen. No me puse siquiera la camiseta. No grité los goles. No me alegré, no me puse triste. Nada. Terminó el partido. Ganamos. Pero qué sentido tenía…

Mi viejo, que se hizo más de River para poder agrandar nuestro vínculo que por convicciones propias, me mandó un mensaje, contento, celebrando. Le respondí con una foto mía con la camiseta, como para que se pusiera contento. Pero abajo le escribí “esto debería haber sido en casa”, como para que recuerde que no todo está bien.

Estaba enojado. Tenía bronca. Porque de alguna forma, esta final también era mía. Yo tenía que estar festejando, yo tenía que estar contento, yo tenía que estar fundido en un abrazo con mis amigos y llorando por haber tocado el cielo con las manos. Pero ellos no me dejaron. Al momento de pasar la sede a Madrid desconectaron todas mis emociones y me dejaron como un ente sin vida. “Vamos al Obelisco”, le dije a mi amigo. Ese es el lugar donde la gente se junta a celebrar los logros deportivos.

No fui a festejar. No había nada que festejar. Simplemente fui a ver los colores de mi equipo, a besarme el escudo, a cantar canciones, a saltar, a bailar. No estaba celebrando la victoria en Madrid, simplemente me estaba desahogando. Estaba cantando por mi equipo, porque lo amaba, le estaba haciendo la demostración de pasión genuina más grande posible, incluso en los tiempos donde la corrupción reinaba el mundo del fútbol. Canté porque el alma me lo pedía, porque en los tiempos más oscuros es cuando el amor más transparente hace falta. También estaba, desde la distancia y el anonimato, dándole un poco de cariño a mis jugadores y cuerpo técnico. Al fin de cuentas, ellos sí ganaron la copa.

Desde ese día en adelante, no hubo ni un sólo momento en el que recordé la final con una sonrisa en la cara. Fue el evento más triste de mi historia futbolística. Más que el descenso de mi equipo. Prefiero mil veces caer derrotado justamente que alzarme victorioso y envuelto de injusticias. Nunca le hice bromas a mis amigos, nunca miré ni compartí memes, nunca recordé el aniversario. Nada.

Casi un año más tarde de la final, mi papá viajó a Madrid por turismo y me trajo una bufanda. Decía “River-Boca, Madrid, 9 de diciembre de 2018”. Me la dio con una sonrisa en la cara, creyendo que me estaba regalando eso que a mí tanto me gustaba, como si fuera un nene de 3 años rompiendo papel de regalo bajo el árbol de Navidad. “Gracias, pa, pero no la quiero, esa final no me dio alegrías, perdón, pero te la podés llevar de vuelta”. Sentí que le rompí el alma. Pero en el fondo sé que está orgulloso porque estoy seguro de mis valores.

El 9 de diciembre de 2018 es, para mí, como un aniversario de muerte.

Un comentario en “9/12: Mientras todos celebraban yo estaba de luto

  1. Hola nacho soy Diego tengo 17 años y estoy estudiando la carrera de ingeniería industrial, resido en México y pues tengo un deseo inmenso de vivir en Londres en primera por la mejor calidad de vida y se me hace una cuidad muy bonita y en segunda amo inmensamente al chelsea desde los 7 años me intentaba ver los partidos del chelsea por la diferencia de hora me tocaba estar en la escuela la mayoría de las veces intentaba no perderme ninguno tantas son las ganas que estoy aprendiendo inglés para que si hay una oportunidad Laboral poder tomarla pero eso es para después, veo tus videos por que pienso que estoy ahí no se si me entiendas pero me encantaría estar ahí y ti contenido me hace sentir estar ahí en Londres bueno no se si vayas a ver este mensaje pero si lo ves me encantaría decirte que te admiro como no tienes una idea cuídate mucho que este año sea mejor para todos y para ti también cuídate mucho bro.
    SALUDOS….

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