Resultadistas del día a día

No son sólo los futboleros los que basan sus emociones en el resultado. Todos, en algún aspecto de la vida, esperan a la resolución de las acciones para ejecutar su juicio de valor. Si somos los victimarios, apelamos al resultadismo, si somos las víctimas, en cambio, lo criticamos.


Situación 1: ponemos una sola alarma para despertarnos. Nos quedamos dormidos. Un amigo, un familiar o el carnicero nos dicen: «Vos también, una sola alarma. ¡Más vale que te vas a quedar dormido!»


Situación 2: ponemos una sola alarma para despertarnos. Nos despertamos. Un amigo, un familiar o el carnicero no nos dicen nada. Si les comentamos que pusimos una sola alarma, nos dicen: «Qué bien, eh, yo no podría».


Y así con todo. Si se nos cae un plato y se nos rompe, si erramos un pase arriesgado jugando al fútbol, si apostamos al 23 jugando a la ruleta, si arriesgamos en el truco sin tener ni un ancho falso, si votamos a un político y defrauda o si somos ese político y nuestro modelo económico no triunfa. Alguien se va a encargar de hacer de juez en nuestras vidas y de recordarnos, justo después de ver el resultado, de lo boludo o de lo inteligente que fuimos.


El final de los hechos es el criterio decisivo para valorar si los medios fueron o no correctos. De evaluar en el trayecto, ni hablemos. Nadie te va a decir que estás haciendo las cosas bien o que las estás haciendo mal, todo depende de cómo termine. Nada de arriesgarse a opinar y que después las cosas salgan de otro modo.


Si el resultado es positivo, zafamos de que nos reten, de que nos reprochen, de que nos indiquen cómo tendríamos que haber hecho las cosas. ¿Y si las hacía igual y me salía mal? No, inaceptable. ¿No te diste cuenta antes de hacerlo? Claro, nos olvidamos de revisar el cuadro de doble entrada con las columnas «decisiones» y «resultado».


Como en todo, existen los extremos. El peor de los peores es ese que opina y nos dice que lo que estamos haciendo va a resultar bien o mal y resulta lo contrario. El rey de los reyes, en cambio, es el que opina algo y sucede tal cual lo predijo. Pero qué mérito (¿?).


La próxima vez que hablemos de resultadistas, no nos encerremos en el fútbol. Salgamos a la calle y encontraremos 10, 20 o 100 de ellos caminando. Los resultadistas existen en todos los ámbitos de la vida. «El que no arriesga no gana», dicen. Y si arriesgás y perdés sos la peor lacra si de decisiones se habla. ¿En qué quedamos?


Arriesguen. Pierdan. Equivóquense. Erren. Vuelvan a errar. Acérquense a la victoria. Ganen. Y ahí van, le golpean la puerta a la persona que los había criticado, la miran a los ojos y le dicen: «Sos un boludo, cómo vas a abrir la puerta sin saber que del otro lado iba a haber un perdedor».

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