¿El fanatismo es un problema?

El fanatismo no es un problema por sí solo. Aquellos que son fanáticos a lo que es bueno no tienen ningún defecto, el tema es a qué se es fanático. Si soy fanático de un equipo de fútbol, está perfecto, aunque no creo que seamos fanáticos de Boca, de River, o demás, sino que somos fanáticos a lo que estos generan. Porque los colores no los elegimos, si no que nos los imponen, o si los elegimos, lo hacemos sin saber de qué se trata.


Si el Negro Fontanarrosa (un famoso escritor argentino) en vez de haber sido de Central hubiera sido de Talleres, ¿habría tenido el mismo fanatismo? Pero, por supuesto, él no era fanático de Central porque así lo dictaba el destino, él era fanático de la pasión, de lo que generaba el fútbol, de la expresión de la gente a través de pegarle a una pelota, de los brazos que van y vienen en la tribuna y de las locuras que uno hace por ese amor, y así somos todos.


Cuando yo era chico era fanático de River — o tal vez más de su hinchada, no lo sabía en ese momento. Hoy soy fanático de la moral, de la buena ley y de las convicciones, y como el fútbol es lo que más me gusta, lo transmito ahí: soy fanático del fair play, del fútbol ofensivo, del juego en equipo, de la generosidad, del tiki-tiki.


También soy fanático del cómo y no tanto del qué: me encanta que las cosas se hagan bien, por derecha. La intención es lo que vale, no me importa si mi equipo pierde, porque si no nos gustara perder no tendría sentido jugar, pero sí me importa cómo lo hace: si se ataca, se busca, se intenta, se es buen rival y se respeta al prójimo, todo está bajo control. Si hubo patadas, insultos, mala leche o demás, y se ganó por goleada, estaré furioso. Me hice fanático de las buenas intenciones, y todas ellas transmitidas a lo que más me gusta, que es el fútbol. Pero también soy fanático de las cosas bien hechas en política, en cualquier trabajo en equipo, en la venta de un producto, en los comercios, en la calle, en la convivencia, pero el fútbol es el ámbito en el que más me muevo.


Hay gente, en cambio, que es fanática del éxito: quiere lograrlo, y no importa cómo. Esa persona que en la cancha festeja si su equipo metió la única que tuvo, pero tuvo «picardía» (yo lo llamo idiotez) y pegó cuando el árbitro no veía, o tocó la pelota a escondidas con la mano, es el mismo que va a tratar de esconder plata cuando no lo ven, de declarar menos ante la AFIP, o de pisar a sus adversarios y ocupar así el cargo más alto que pueda. Todo se relaciona. «Uno juega como vive».


El fútbol es el encuentro social más grande del mundo, y por eso es el deporte más sucio: porque toda la mugre de la humanidad se ve reflejada ahí. El fanatismo, entonces, tiene que ver con los objetivos, y el deporte, como todas las facetas de la vida, lo refleja. Yo antes les refregaba en la cara a los hinchas de Boca que los «habíamos corrido y teníamos sus trapos», hoy odio con mi alma a Los Borrachos del Tablón. Maradona y la Mano de Dios, señores, es el ejemplo más claro. ¿Cómo podemos ponernos contentos con eso? Es una falta de respeto enorme, es la moral en su ausencia máxima, la «picardía estúpida» en su máxima expresión.


El fanatismo no es malo por sí solo. Hay cosas buenas y malas en la vida, y las malas se potencian aún más cuando los que las llevan a cabo son fanáticos de ellas. Y como los objetivos están sobre las formas y los fanáticos del éxito son más que los fanáticos de las buenas formas, la suciedad de la sociedad se verá en todos los ámbitos, y mucho más en el fútbol, que reúne gente de todos los estratos sociales. Seguirá habiendo Panaderos, Borrachos del Tablón, Oriones, barras de Nueva Chicago, hinchas de Racing que odien a los de Independiente, infiltraciones políticas en la dirigencia de Huracán, como tantas otras cosas, y así en todos los clubes y con todos los estúpidos que jueguen o vean fútbol. Esperemos que haya más Zanettis, más Puyoles, más Canteros, pero parece difícil, porque el fanatismo es casi imposible de erradicar, y si este se vuelca por las cosas malas, estamos acabados.

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