Fila para entrar al Edén

No, para ir a ver un partido de Wimbledon no hay que bajarse en la estación Wimbledon de la District Line del metro de Londres, sino en Southfields, porque queda más cerca. Una vez fuera de la estación, los carteles que hacen referencia al torneo de tenis más viejo del mundo empiezan a invadir la vista. Dominan los colores violeta y verde, los típicos de ese Grand Slam, y el círculo con las dos raquetas cruzadas que identifica al torneo. Es imposible evitar leer “The Queue” (la fila) acompañado de una flecha que señala el campamento donde se juntan, duermen, comen y esperan los que quieran conseguir una entrada de la manera convencional. 

El torneo no dispone de un sistema de venta on line popular: por Internet sólo se consiguen tickets a mil libras, que es el salario mínimo del Reino Unido y que es lo que valen 10 entradas de las más caras para ver El Fantasma de la Ópera en los mejores teatros de Londres. El que quiere uno de menor valor tiene dos opciones: una es involucrarse en la lucha virtual diaria por un puñado de tickets. La otra es hacer fila. Siguiendo los carteles, no más de cinco minutos separan a pie la estación de metro con la entrada al predio. Una vez allí, todos se forman de manera ordenada y comienzan a avanzar hacia la zona de campamento. 

El predio es rectangular y ocupa el espacio de 10 Wembleys. La mayor parte es para ubicar a la gente, hay un baño en uno de los costados, al otro una carpa que vende comida, bebidas y que ofrece cargar el celular por una libra y, al otro, el acceso a las canchas. Las personas se distribuyen en una fila en zig zag por orden de llegada. Algunos van sólo con una mochila con comidas y bebidas, otros se llevan una carpa y otros con más experiencia llevan, además de la carpa, sillas y mesas. Hay alrededor de 2.500 personas.

A eso de las 6 de la mañana, los más cercanos al comienzo de la fila ingresan al sector de las canchas y los últimos que van llegando se instalan al final. Una vez que el intercambio de gente finaliza, los asistentes de “The Queue”, vestidos con chombas piqué verdes, pantalones color crema y gorras blancas, se aseguran de que todo esté en orden. Nadie se salta de su lugar y tampoco hay discusiones ni acusaciones por ese mismo motivo. No hay gritos, no hay desorden, no hay desesperación, no hay impaciencia, hay respeto.

Cuando ya todos están formados nuevamente, se reparten tarjetas que indican qué posición tiene cada uno en la fila. Hay 1500 entradas reservadas para la gente de “The Queue”: 500 para el Estadio Principal, 500 para la Cancha 1 y 500 para la Cancha 2. Como la fila es en zig zag, la gente suele preguntarle al del frente qué numero tienen y comienzan a sacar cuentas para ver cuál le tocará cuando el repartidor de la vuelta. 

“Tengo el número 568, ojalá logre entrar al Central Court”, ansiaba un escocés de 34 años. La ubicación en la fila no asegura el ingreso o el no ingreso a ningún estadio: no todos van a la cancha principal. Hay muchos que prefieren ir a la 1 o a la 2 para ver a algún tenista en particular o que acampan más de un día para asegurarse un lugar en el Central Court. “Yo hago fila varios días por el simple hecho de hacerlo, me gusta. No sé si me gusta más el tenis o hacer fila. A veces, cuando me dan ganas, entro a ver algún partido”, contaba un hombre inglés de unos 50 años, de concurrencia casi perfecta en cada edición del torneo. Llegado el mediodía, ya todos tienen su número asignado, pero recién al día siguiente había que elegir a qué cancha ingresar. 

Durante el resto de la jornada, la organización no ofrece ningún tipo de entretenimiento en particular. La gente charla entre sí. Un italiano sale de su carpa, se sienta en su silla con el torso desnudo, una gorra y unas gafas de sol y enciende la radio. Algo de 10 personas se juntan a su alrededor y escuchan cómo Colombia le gana 2-1 a Costa de Marfil en Brasilia y cómo Japón y Grecia empatan sin goles en Natal. En Brasil hay un Mundial y el fútbol también se hace presente. “Tomen, agarren”, decía el italiano mientras abría un tupper y mostraba los sánguches de pan lactal, jamón y queso que había en su interior. 

La mayoría de las charlas se daban con quienes uno tenía al lado o al frente. Mucha gente elegía caminar para poder pasar la tarde. El paisaje no incluía más que césped, carpas, bolsas de dormir, sillas y gente. “Yo no entro mañana, entro pasado, porque juega Federer”, comentaba un alemán de 30 años. “Mañana juega Djokovic, yo voy a la principal”, contrastaba un español que contó que, como el torneo se juega en césped, ver a Nadal no era su prioridad, más allá de que fuera su compatriota.

A mitad de la tarde, uno de los ayudantes del predio se acercó con un italiano. Le comentó a un inglés que se había confundido de lugar en la fila y había pasado allí unas horas, por lo que había perdido su lugar. Le preguntó si podía ponerse detrás de él. “Yes, no problem”, exclamó el local luego de sonreírse.

La noche se acercaba y la gente comenzaba a abrigarse. La carpa que vendía comida y bebidas comenzó a llenarse y se volvió un punto de reunión y de charla para pasar el frío. Cerca de las 10 de la noche, todos debían hacer silencio y, en el caso de tener una, meterse en su carpa. Los asistentes del torneo recorrían el predio con linternas para ver si alguien necesitaba algo y para callar a aquellos que hacían ruido, cosa que no pasó más de tres veces.

No había llevado ni carpa, ni silla, ni bolsa de dormir. Encontré una carpa tirada e intenté armarla, pero estaba rota. Pedí cinta prestada y la parché. La garúa de aquella noche fue suficiente para inundar mi intento de refugio. No servía más. Encontré una silla de campamento abandonada que no tenía respaldo y, encapuchado, intenté dormir. No pude. Dejé mis cosas en el lugar y fui a descansar a la entrada del baño. El sol del otro día me despertó. Volví a mi lugar y todas las cosas estaban tal como las había dejado. Era hora del movimiento típico de las mañanas. Algunos entran a las canchas, otros siguen haciendo fila, otros avanzan.

Tiré mi carpa y mi silla. Tres mujeres inglesas de 30 años me vieron y me ofrecieron su carpa, blanca con lunares negros, y una bolsa de dormir. “No podemos entrarla a las canchas”, dijeron. Acepté. Y de nuevo las tarjetas numeradas. Me tocó el 56, tenía mi lugar asegurado. Ese día Djokovic era el atractivo principal. Al siguiente jugaban Nadal, Sharapova y Federer.

En rueda nuevamente frente a la radio del italiano, los ingleses festejaban la victoria de Costa Rica frente a la azzura: tenían chances de clasificarse a octavos de final del Mundial luego de dos derrotas. Además, Francia goleaba a Suiza, Ecuador le ganaba a Honduras y Djokovic pasaba a la cuarta ronda de Wimbledon.

Al ver en las malas condiciones en las que estaba, la gente me ofrecía sábanas, almohadas y colchones inflables. Lo mismo ocurría con otras personas. Los que llevaban grandes jarras con té, compartían. Los que tenían información acerca del resultado de los partidos, la compartían. Los que tenían experiencia y consejos para dar, los compartían. Se hizo de noche, había que ir a dormir.

Eran las seis de la mañana. Esta vez sí iba a entrar a las canchas. Le regalé mi carpa a un grupo de jóvenes de no sé qué país, me hice unos enjuages bucales con agua y café porque me había olvidado el cepillo de dientes y comencé a avanzar en la fila. En los carteles ya no se leía más “The Queue”, era parte del pasado. Ahora, las indicaciones marcaban el camino hacia “The Courts” (las canchas). Era un avance. 

Todos caminaban por un sendero de tierra demarcado con arbustos rectangulares perfectos en el que a lo ancho no entran más de tres personas. Al final, estaba la entrada, pero sólo se veía una pared verde y violeta. Había que doblar a la derecha para seguir viendo el camino. “¿A qué cancha quiere ir?”, preguntaban los asistentes mientras repartían pulseras en base a las respuestas. Los que iban a la Central Court recibían una verde, los que iban a la Cancha 1, una naranja, y los que iban a la cancha 2, una azul. Había tres repartidores, uno para cada color de pulsera. Cada uno tenía en su mano un manojo atado con todas las que iba a repartir ese día. Uno podía ver cuántas repartía, a quién y cuántas quedaban. A medida que se iban acabando, la gente comenzaba a contar cuántos tenía delante para ver si iban a poder llegar a ingresar a la cancha que querían.

Cuando ya todos miraban en sus muñecas la inscripción “Wimbledon, The Championships” con un fondo verde, naranja o azul, tenían que seguir avanzando por el pasillo. Éste estaba rodeado de paredes con cuadros de, entre otros, Roger Federer, Pete Sampras y Martina Navrátilová, máximos ganadores del torneo, y Serena Williams, número 1 del mundo en ese momento. También había imágenes de los campeones más representativos de la historia, fotos artísticas de las instalaciones del club y frases como “Wimbledon, la elegancia”, o “el césped con más historia del mundo”.

Tras caminar dos minutos se llega a la zona de boleterías. Las entradas más caras para la segunda ronda, que son las de la primera bandeja, costaban 80 libras, como uno de los tickets más baratos de la Premier League. Una vez que uno termina de comprar y atravieza los molinetes, ingresa al All England Lawn Tennis and Crocket Club. Lo primero que se ve es un cartel alto y ancho como una casa. Es el cuadro del torneo. Tiene chapas con los nombres de los jugadores y se va modificando a medida que van terminando los partidos. 

Lo que se escucha es el silencio, interrumpido a veces por los impactos de las raquetas. No hay construcciones que impacten visualmente, uno no se siente pequeño por estar ahí. El torneo no impresiona desde la infraestructura. El horizonte es visible desde cualquier lugar del club. Las tres canchas principales están juntas. Todas las demás son simplemente eso: canchas. Están todas una al lado de la otra, separadas por un alambrado. Tienen tribunas de sólo 10 escalones cada una. El que tiene un ticket para la Cancha Principal, la 1 o la 2, tiene acceso a todo el predio.

Algunos se juntan en las canchas de entrenamiento esperando algún autógrafo o simplemente para ver cómo se preparan los tenistas. Hay un hotel interno. No tiene detalles de lujo pero su minimalismo elegante deja pensar que, por dentro, es más que un cinco estrellas. En la entrada tiene estatuas de tenistas, plaquetas y guardias de seguridad. Hay un centro de comidas. Un sánguche cuesta 10 libras, una gaseosa 5. El stand de souvenirs ofrece gorras a 10 libras, remeras a 20 y llaveros a 5.

“Gracias y disfrute del día”, dice el hombre que revista los tickets en la entrada del Central Court. Entro temprano. No hay nadie adentro. Hay una cancha de tenis de césped, una silla para el umpire, un banco para cada jugador, tribunas con asientos verdes y un techo a medio cerrar. Hay silencio. Es un silencio que no puede oírse en ningún otro lado, sólo ahí. Y se siente el silencio, el techo no deja que se escape, pertenece a ese lugar. También hay olor. No sé a qué es, porque es la primera vez que lo siento, pero será olor Wimbledon, quizás.

De a poco, llega el público. Muchos hombres llevan traje. Muchas mujeres llevan vestido. Los que no llevan ni traje ni vestido, tienen una gorra. La mitad de las personas de las primeras 10 filas brinda con champán. Llega el umpire, revisa la red. Los jueces de línea entran formados como militares y se ponen en sus lugares, uno resguardando cada línea. Los que sobran, hacen la vuelta completa a la cancha y se van a esperar su turno.

Los jugadores, en este caso el español Rafael Nadal, número 1 del mundo, y el kazajo Mijaíl Kukushkin, número 63, entran bajo aplausos con sus bolsos al hombro. Se acomodan en sus bancos y se preparan. Vinchas, raquetas, vendas, muñeceras, cordones. Nadie les habla. La gente charla entre sí, en voz baja, pero igual hay silencio. Se escuchan las toses, los cierres de las mochilas y los choques de las copas. Los protagonistas hacen su calentamiento. En las tribunas sigue entrando y saliendo gente. “2 minutos”, anuncia el umpire. 

Comienza el partido. Hay silencio, mucho silencio, en demasía. Muchos estamos acostumbrados a una cantidad de silencio menor. Ahí es más difícil hacer silencio que hacer ruido, aunque las leyes de la física indiquen que es al revés. Los aplausos entre punto y punto son los espacios que hay que aprovechar para estornudar, para hablar, para moverse. Si alguien entra o sale en un momento del partido que no sea un descanso, el umpire lo advierte y pide por favor que no lo hagan. Los jugadores descansan a tres pasos de distancia de donde estoy sentado. Se escucha la rosca de las tapitas de las botellas, el plástico que le sacan a las raquetas nuevas y el pique de la pelotita entre saque y saque. Los gritos de los jugadores acompañan el sonido de las cuerdas impactanto la pelota.

El cuello no duele de tanto moverlo, ya va predispuesto a eso. Las pupilas crean zurcos en los ojos y las manos se juntan y se separan constante y automáticamente entre punto y punto. Nunca suena un teléfono, nunca nadie grita, nunca nadie les habla a los jugadores. Hay silencio. Hace silencio.

Termina el partido y en no más de dos minutos los jugadores ya están listos para irse. Nadal, en la esquina donde está la salida, firma autógrafos y se saca fotos después de tirar sus muñequeras y un par de pelotitas a la tribuna. 10 minutos después entra Maria Sharapova. Camina sin apoyar toda la planta del pie. Tiene la vista fija en algo, no sé en qué, pero la tiene fija. Se sienta, respira profundo y hace todo sin apuro y como si estuviera tratando con porcelana. Juega, gana y firma autógrafos.

Algunos deciden saltearse el partido de femenino para ir a ver otros encuentros en las otras canchas, para ir a comer, para ir a descansar o para ir a la fan zone y disfrutar de la pantalla gigante sentados en las reposeras de londa con el logo del torneo. Los que no pueden quedarse les regalan sus tickets a los que compraron el acceso general, que sólo sirve para ver todo menos las tres canchas principales.

Cuando termina el partido de mujeres, la Cancha Central se llena. No hay más movimiento de gente porque no hay espacios vacíos y porque nadie que tenga una entrada está afuera del estadio. Entra Roger Federer. Ropa blanca, vincha, bolso marca Wilson, pelo ondulado hasta el cuello, postura cabizbaja desde lo físico, pero tácitamente de mirada firme y elegante. Camina de manera normal, como cualquiera de los que lo quieren ver jugar: apoya primero un pie, luego el otro, y hace vaivén con el brazo con el que no tiene el bolso. Pero a la vez no camina de manera normal, ninguno de los que lo quieren ver jugar puede caminar como él. Lo aplauden mucho. Devuelve el saludo. Apoya el raquetero en el banco, se acomoda la vincha, se asegura de que los cordones estén bien atados, saca una raqueta y espera a que su rival esté listo. Comienza a calentar. Todos lo miran. Miran cómo le pega a la pelota, cómo espera a que su rival le pegue, y cómo le vuelve a pegar. El tiempo parece no correr. ¿Cómo dejar de mirarlo? ¿Qué sentido tendría ir a Wimbledon si no vemos a Federer? ¿Qué sentido tendría Wimbledon sin él?

Federer ganó, como era de esperar: 6-1, 6-4, 6-4.  Pero jugó, y eso fue suficiente. El público quería que él ganara, lo apoyaba. Cada tanto se escuchaba un “te amo, Roger”. Y había silencio. No se podía hablar, pero no porque no estaba permitido. El único sentido que uno tenía disponible era el de la vista, no era necesario nada más. Cada vez que la pelota iba a la izquierda de Federer, el público disfrutaba. También lo hacía con cada pelota corta, con cada paralela, con cada saque. Terminó el partido, Federer no se secó la transpiración, sino que sólo se pasó una toalla por la cara. Se tomó cinco minutos para firmar pelotas, remeras, gorras y sacarse fotos. Otro día en Wimbledon había tenido sentido.

Una vez que terminaron los partidos en la Central Court, la mayoría del público se dispersó por las canchas secundarias para sacarle el máximo provecho posible a sus boletos. Empezaba a oscurecer y los encuentros se iban postergando para el día siguiente. El día había terminado. En la zona de campamento, muchos se iban a dormir mirando su tarjeta con el número de ubicación en la fila y sacanso suposiciones para ver si podrían ingresar al Central Court. En el predio del club, muchos empezaban a irse. El silencio empezaba a crecer en cuanto a cantidad, porque no había más gente, pero empezaba a disminuir en cuanto a calidad, porque no había más tenis.

Mañana sería otro día. Habrá otras personas haciendo fila con sus carpas, se escucharán más partidos del Mundial por radio, muchos verán tenis por primera vez y muchas, pero muchas personas tendrán la fortuna y el honor de acampar dos días en condiciones precarias, entrar a un estadio, sentarse, hacer silencio y ver cómo una pelota pica en el césped.

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