Las Ganas Y Su Fecha De Caducidad

¿Cuándo dejaré de ser joven? ¿Hasta cuándo tengo tiempo de vivir?

Me encuentro en una etapa de mi vida en la que tengo ganas de hacer infinidad de cosas, pero en la que supuestamente tengo que trabajar y asegurar mi futuro. ¿Pero qué pasa si el futuro llega y no tengo las mismas ganas de comerme el mundo que tengo ahora?

Tengo 23 años y también tengo muchas ganas de hacer cosas. Tengo ganas de viajar, de salir, de conocer gente, de perderme en lugares desconocidos, de ir a conciertos, de jugar al fútbol, de reírme, de cocinar, de probar cosas nuevas, de leer, de escribir. De vivir la vida.

Tengo 23 años y también tengo la “obligación” de asegurar mi futuro. Ya terminé la universidad y ahora me toca trabajar. Eso demanda horas valiosas de mi vida y me saca tiempo y energía para todas las cosas que quiero hacer. Pero es justo: hay que trabajar y las cosas llegarán.

Se suele decir que, como somos jóvenes, debemos poner en nuestro trabajo toda la energía que tenemos para hacer las cosas que nos gustan. Suena lógico, ¿no? Supongamos que lo hacemos, trabajamos duro por muchos años, juntamos el dinero que queríamos y llegamos a una etapa de nuestra vida en la que, gracias a nuestro esfuerzo previo, no dependemos de horas de oficina y tenemos tiempo para hacer lo que realmente nos gusta. ¿Y ahora?

Siempre me paro a pensar y me imagino a mí mismo en esa etapa. Veinte o treinta años en el futuro, con tiempo y algo de dinero. ¿Qué tendré ganas de hacer? ¿Me gustarán las mismas cosas que ahora? ¿Tendré ganas de viajar, salir, recorrer, perderme, aventurarme? Esa duda me carcome el cerebro todos los días. Supongamos que sí, que si bien tengo unos años de más, mi alma sigue siendo joven como hoy y estoy en la misma sintonía. De todas formas, no será lo mismo. Hay diferencias entre salir a los 25 años y salir a los 55. No es lo mismo irse de viaje a los 23 que a los 60, ni mucho menos hacer deporte a los 26 que a los 70. No es lo mismo juntarse con tus amigos a los 20 para ir a bailar que hacerlo a los 40. No es lo mismo.

Peor todavía sería llegar a esa estabilidad a los 40, 50 o 60 años y darse cuenta de que todo eso que queríamos hacer mientras estábamos asegurándonos el presente ya no nos interesa más. Pongamos un ejemplo. Este verano me gustaría hacer un viaje en tren por algunos países de Europa. Me gustaría viajar solo, ir conociendo gente, dormir en los trenes, perderme por los pueblitos y hospedarme en casa de desconocidos. Pero no puedo, no tengo días de vacaciones en el trabajo. Ese trabajo que intenta asegurarme un futuro, un futuro que, en el mejor de los casos, llegará. Y ese futuro llega, tengo el dinero, tengo el tiempo, pero las ganas de viajar se fueron. Ya no quiero dormir en trenes, necesito un hotel. No quiero ir solo, quiero ir con mi familia. No quiero hospedarme con desconocidos, quiero ir a un hotel cómodo. No quiero perderme por pueblitos, quiero contratar un city tour.

¿Se entiende a qué quiero llegar? Tengo miedo. Tengo miedo de en un par de años no querer hacer lo que quiero hacer ahora. Y si tengo los mismos deseos, no tendré la misma edad. ¿En qué quedarán esas horas de charlas entre cervezas que tal vez nunca tendré? ¿O qué será de las historias rídiculas dignas de vivir que nunca tendré para contar?

De aquí saco dos conclusiones. La primera es que, por más que muchos me tilden de vago o iluso, estoy convencido de que trabajar durante la juventud y descansar en la edad adulta no es lo mejor. Un mix sería lo ideal. Entre los 20 y 30 años uno vive en el cielo, en la gloria. Se siente invencible, único, tiene el modo explorador encendido, y esas son cosas para aprovechar.

La otra gran conclusión es que, si no podemos hacer nada contra esto, habrá que sacarle el mayor jugo a lo que sí podemos hacer. Si tenemos dos o tres días libres, hagamos un viaje express. Si tenemos algunas horas libres, recorramos la ciudad, vayamos a un bar, conozcamos gente. Si podemos irnos de viaje, aprovechemos cada momento. Pensemos en todo lo que escribí en este texto y tratemos de hacer de cada momento lo mejor posible, porque nunca sabremos no solo si volveremos a estar ahí, pero tampoco sabemos (y es lo más importante) si vamos a volver a querer estar ahí.

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